Alministra'l to Blog

¡Crea'l to Blog yá! Fácil y de baldre

Asturies Llibre y Dixebrá

11/02/2008 GMT 1

Curas, Putas, Burdeles

llibredixebra @ 11:09

Curas, Putas, Burdeles.

x Carlos X. Blanco

Apuntes para una historia materialista de la Monogamia.
A las prostitutas se les ha querido dignificar recientemente en términos jurídicos como “trabajadoras del sexo”. Toda vez que aparece el término “trabajo”, categoría medular del marxismo, nos permitimos algunos análisis.

La situación que nos introduce la presencia de ciertos debates mediáticos y ciertas plumas famosas de la “gauche divine” y del mundo de los “libertinos” no puede por menos de provocar un profundo asco y malestar en el seno de la izquierda revolucionaria. La tendencia del “libertino” intelectual a considerar la prostitución como algo “natural” y “eterno” a lo largo de la historia representa en realidad una deliberada ocultación a nuestra mirada de todo un complejo proceso histórico-cultural que, bien analizado, puede guardar una conexión íntima con los procesos económicos que, iniciados en la Baja Edad Media, dieron en la formación de las clases asalariadas. El proceso de aparición de las primeras masas proletarias en el lento transcurrir de los siglos sucedió a la par de una “acumulación originaria” –siglo XIV más o menos- y culminará en la formación del Capitalismo de la Manufactura. Los primeros asalariados en el sentido capitalista, no gremial, coincidieron probablemente también con la aparición de las primeras putas en el sentido moderno del término.

Con la terminología mecanicista al uso, incluso entre muchos de los que se reclaman del marxismo, suele despacharse el papel de la Iglesia en el transcurso de estos procesos como una acción moduladora, ideológica y “engrasante”. Las instituciones eclesiales suelen considerarse al margen de la base económica y social de la historia (aparatos propagandísticos, superestructuras). Nada más lejos de la realidad: podría haber sido clave la función del clero en todo este proceso de formación de masas de individuos “sueltos”, “liberados” del señor feudal, del gremio, y de cualquier otra adscripción territorial o tradicional. En cuanto a las mujeres “sueltas” o “libres”, cabe decir que este fue uno de los primeros grupos humanos en ser encerrados en un ámbito institucional que podría llamarse, por analogía con los talleres manufactureros, “fábricas del placer”, fábricas creadas por la Iglesia en la época bajomedieval, creadas por medio del encierro de unas “obreras” obligadas a recibir un ingreso a cambio de sus relaciones o servicios. Julia Valera es una socióloga que ha estudiado la relación que guarda la prostitución “institucionalizada” occidental con la imposición del matrimonio monogámico e indisoluble (el curioso tipo de matrimonio que, al menos “de una forma emic” predomina hoy en el Estado Español) y la institución del prostíbulo y la mujer prostituida. Estas “fábricas de placer” organizadas y estas “máquinas humanas” explotadas para proporcionar placer llegaron a ser los únicos referentes alternativos al matrimonio que contaron con el beneplácito eclesial, y en cuya organización el clero participó activamente con vistas a evitar los amancebamientos y otras formas espontáneas de procuración de placer al margen del matrimonio eclesiástico. La misma Iglesia que predicó contra las costumbres “bárbaras” de la Alta Edad Media, promoviendo la monogamia y censurando el divorcio, se dedicó a criminalizar otras formas de relación entre los sexos. Toda vez que el sexo fuera del matrimonio no iba a desaparecer, la Iglesia fomentó y reguló instituciones especiales destinadas al empleo mercantil de los cuerpos femeninos. La prostitución institucionalizada habría surgido así ya en el umbral de la Alta y la Baja Edad Media, justamente cuando florece el Capitalismo, después del s. XII. Esta observación ya es de por sí muy importante por cuanto que se le retira a la prostitución su carácter eterno o natural, que es lo que vienen a defender los “libertinos” tanto como los “resignados”, esto es, los sectores reaccionarios de nuestra sociedad. ¿Es que no hubo putas y prostíbulos anteriormente? Desde luego, pero no con el cariz fabril, masivo, y alternativo al matrimonio monogámico del Cristianismo. Nada que ver con una esencia o “Eterno Femenino”, sino una forma histórica concreta, tal y como acontece con el propio trabajo asalariado del obrero bajo el Capitalismo: otra forma histórica, como lo son la familia burguesa o el Estado.

Escribe Julia Varela1:

“La generalización del matrimonio canónico supuso una reorganización general de las relaciones entre los sexos. La sexualidad así reglamentada obligó a nuevas ritualizaciones del comportamiento, y (...) provocó fuertes resistencias e introdujo nuevos desequilibrios”.

El proceso histórico de domesticación de la alta nobleza, la inculcación de reglas morales cristianas, por medio de persuasión constante, sirvió para ir impregnando a todas las demás capas de un modo de vida familiar que prefigura ya, de forma absolutamente idónea, la célula burguesa de la sociedad: Pareja de hombre y mujer, e hijos. Pareja regulada por sus leyes eclesiales, de carácter indisoluble.

Poco a poco empezó a darse una situación muy difícil para aquellas mujeres no “tuteladas” por un esposo. Las mujeres sin marido, especialmente las de clase baja, fueron víctimas de todo género de agresiones (sirvientas, compañeras de curas, compañeras de pobres, esposas abandonadas...). Lo que nos cuenta Julia Varela en su investigación mucho nos recuerda a las situaciones típicas en el Estado Español Franquista –e incluso en el Postfranquista Estado actual. Las madres solteras, la “imposible” virtud de las chicas pobres, la resignación sexual de las jóvenes venidas del campo a servir a la ciudad (una esclavitud sexual disfrazada), la condición de “querida” de algún Señor Don..., etc. En aquel Medievo, no tan lejano en cuanto es preparación del Capitalismo, la prostitución bien pudo haberse convertido en un auténtico refugio. Parecidos a conventos, inexpugnables como fortalezas, fueron esos primeros burdeles instituidos por la Iglesia. La madame de la época se llamaba incluso “abadesa”, y fueron las autoridades clericales las que –concertadamente con las autoridades regias o municipales- regularon y protegieron la vida y el ejercicio “laboral” de esas putas.

Esta tesis de la intervención clerical en la formación de la prostitución como institución social nos recuerda extraordinariamente las ideas apuntadas por el Marx de los Manuscritos Económico-Filosóficos. La reducción del ser humano a mero objeto de mercantilización de su fuerza de trabajo, la mercantilización del cuerpo que se entrega –en calidad de asalariado/a- a cambio de un dinero, por obra de una necesidad histórica, es la contrapartida real de todo ascetismo religioso, de toda esa estúpida y alienada palabrería cristiana en torno al valor del espíritu y a su consiguiente desprecio por el cuerpo. Como dice J. Varela: “una parte de estas mujeres `libres’, las llamadas prostitutas, se vieron obligadas a vivir bajo un régimen de libertad vigilada en un espacio definido como la antítesis del matrimonio cristiano. El vínculo matrimonial pudo aparecer así como un vínculo noble entre otras cosas porque esta definición de la prostitución permitió mercantilizar bajo la forma salarial las relaciones sexuales” (p. 70). ¿A quién le puede extrañar la histérica oposición religiosa y episcopal a toda forma de amor libre? ¿Habrá aspecto más noble de la existencia humana que la realización social de este amor libre?

Esta dicotomización de situaciones impuesta a las mujeres, o bien putas, o bien esposas, produjo reacciones populares. La nobleza generó el modo de vida “cortesano”, que flexibilizaba la monogamia, la hacía más llevadera. Fenómenos como la brujería, la herejía cátara, los aquelarres, y toda la represión eclesial concomitante, podrían ser reanalizados en esta clave: una reacción popular contra la dicotomización de la mujer: o puta controlada por la Iglesia, oesposa tutelada por el marido. Los trovadores, el mito de Tristán e Isolda, y otros arquetipos de la nueva cultura occidental “romántica” también son hechos vinculados a esta dicotomía autoritaria y exigente que los curas introdujeron en una cultura europea que, en los ámbitos atlánticos, centrouropeos y nórdicos siempre habían concedido a la mujer una mayor independencia y radio de acción frente al rigorismo machista y ultrapatriarcal de la cultura semítico-mediterránea, cultura desde la cual la Iglesia “colonizó” toda la Europa occidental.

Comenzó en ese Medievo protocapitalista toda una literatura misógina, que tendía a demonizar a la mujer como tal, sobre todo cuando esta aparecía fuera del hogar y al margen de la unión matrimonial. Esa mujer “libre” era el demonio mismo, la Bestia. El culto mariano apareció también combativamente en contra del desenfreno salvaje de una mujer que la Iglesia no cesa de deshumanizar, en especial cuando se diera el caso –para la autoridad eclesial, un caso aberrante- de que la hija de Eva no viviera constreñida en el recinto monogámico y doméstico. Nos permitimos apuntar que la animalización de la mujer persiste en la sociedad de hoy, bajo una forma directamente vinculada a aquel “demon” medieval: infantil, alocada, puramente pasional, intuitiva y sensitiva, la mujer sigue apareciendo como un ente imprevisible, insaciable volcán de lujuria. También un peligro social: una causa de desorientación en la vida pública y honesta del macho. La mujer aparece como dionisíaca, pero ahora investida de los ropajes satánicos del judeocristianismo, tentando todo lo que de Apolíneo y santo hay en la vida Oficial y Patriarcal. También hoy, tanto en la TV como en las Revistas de “Mujeres”, los espacios y secciones de tipo específico (extraña “especificidad” ésta que concierne a media humanidad, a media sociedad) son: cuerpo, belleza, sexualidad, reproducción, trapos. La especialidad de este semihumano ente construido socialmente –la Mujer- todavía hoy, a raíz de la dicotomía cristiana ramera/esposa, viene a consistir en funcionar como un ser demoníaco que destina todos sus esfuerzos a “gustar” al Hombre, y para ello ha de manipular lo genérico de su animalidad (sexo, cuerpo) tanto como anular lo específico de su humanidad (entendimiento, moralidad). Así, el amor romántico y los problemas “de pareja” pasan a ser competencia de esa vida cavernaria que, bajo el Capitalismo actual, recibe el nombre de “intimidad”. La mujer construida bajo este régimen productivo pasa a convertirse en especialista de la “vida íntima”.

La animalización de la mujer, tan palpable en las formas modernas de su alienación, encuentra su genealogía en esa satanización medieval de la hembra libre. La Iglesia, cimentadora de la moral burguesa, encerró literalmente a las “asalariadas” y fabricó el primer proletariado propio de un modo capitalista de producción, al margen de las hermandades y gremios. El Hogar o el Burdel: ellas no tenían, pues, una escapatoria.

Desde el siglo XII la mercantilización del propio cuerpo “... contribuyó a afianzar la vinculación que una parte de la literatura de la época establecía entre mujer y corporeidad, confiriendo –especialmente a la mujer de las clases populares- una naturaleza carnal insaciable cercana a la animalidad, inclinada especialmente a la fornicación y a la lujuria” (p. 67). Poco a poco se logró la criminalización de las mujeres independizadas que se las arreglaban –mal que bien- sin la tutela patriarcal. A fin de cuentas, ejercer de puta suponía una categorización profesional, y no implicaba un peligro al orden social. El Burdel jamás fue disolvente, y se alzó como un complemento-opuesto (pares de términos opuestos pero que se complementan en sentido dialéctico) perfecto del Hogar. Al igual que el Capitalismo genera el proletariado como una antítesis necesaria suya, el matrimonio por la Iglesia generó la relación carnal prostituída. La superación de este lamentable modo de producción no se basa en hacernos a todos proletarios, tal y como suelen airear los adversarios del comunismo. De la misma manera, la superación de la dicotomía machista, patriarcal, judeocristiana, entre Hogar y Burdel, no se basa en dejar asimiladas a todas las mujeres en uno de los polos de la antítesis, esposas o rameras, como si uno de los polos de la misma tuviera de por sí capacidad para “redimir” al otro. La verdadera superación dialéctica consiste en eliminar ambos polos, destruyéndolos por completo y generando un espacio ontológico completamente nuevo para las mujeres tanto como para los hombres, esto es, una nueva cultura traída por un nuevo modo de producción.

Se ha repetido hasta la saciedad que el de puta es el oficio más viejo del mundo. Acaso ese, como tantos otros eslóganes reaccionarios provenga de los púlpitos. Allí, entre los muros de las iglesias y conventos, tanto como desde la prédica de los curas, se fueron formando las conciencias modernas. La Baja Edad Media fue la fase de transición en la que se dio la “acumulación originaria” que dio paso al Capitalismo, creándose los capitales tanto como el proletariado, partiendo siempre de las ruinas del orden feudal. Los curas modificaron activamente la realidad al tiempo que la metamorfosearon. Se diría que tras de su manipulación real de las estructuras sociales nunca falta una prédica que consiste en un incienso ideológico que la acompaña, en medio del estruendo de los campanarios. Hoy, para hacer una historia materialista del oficio de la prostituta es necesario de todo punto tener en cuenta que a aquellos púlpitos de antaño les siguen hoy los micrófonos, las ondas y los rotativos de hogaño. El periodismo burgués y el intelectual “libertino” persisten en sus descripciones “naturalistas” y eternizantes acerca del grupo social constituido por las putas, dentro siempre de una cosmovisión patriarcal general que encharca todo análisis objetivo de las relaciones sociales entre hombres y mujeres en el seno del vigente régimen de producción. Dentro de este marco social de “realismo” cínico que sanciona “lo que siempre ha habido y siempre habrá” (léase, Burdeles y putas) no faltan nunca los “progresistas” que aluden a una supuesta “libre disposición de los cuerpos” por parte de seres adultos que se ofrecerán en el Mercado con el ánimo de librarse de otras explotaciones y discriminaciones más intensas, por el hecho discriminatorio añadido de “ser mujer”. Con esta defensa del “oficio” pseudolaboral de la prostitución, reaccionarios (libertinos) y progresistas –por igual- ignoran el hecho económico y cultural esencial: la alienación en que consiste tanto prostituirse como prostituir es un hecho histórico-económico creado en gran medida por la Iglesia, como agente activo del pre-capitalismo. Los curas administraron, reclutaron y disciplinaron cuerpos femeninos. Estos cuerpos fueron las primeras “obreras” asalariadas del mundo moderno. Los burdeles fueron las primeras fábricas. El Comunismo, la superación del Capitalismo -posible únicamente a través de la Revolución- anulará este “oficio” tanto como su antitesis: el Hogar burgués.

Control, sometimiento y dominación sobre la mujer

llibredixebra @ 11:06

Control, sometimiento y dominación sobre la mujer

x Carlos X. Blanco

La pregunta es: ¿pueden los hombres vivir sin autoritarismo? Desde una perspectiva materialista y libertaria a la vez habrá que empezar dejando constancia de las distintas estructuras autoritarias bajo las cuales la historia humana ha ido atrapando cuerpos y voluntades.
El pensamiento crítico puede y debe desmontar las estructuras de autoridad que, surgidas a veces en tiempos remotos, llegan a pensarse como "naturales" e inevitables. Si la historia nos las trajo, el futuro las puede aventar. Sobre todo si luchamos por que desaparezcan. La autoridad puede consistir en algún tipo de procedimiento de control, sometimiento o dominación de unos humanos sobre otros. Un control simétrico, una colaboración mutua entre iguales será siempre un estado moralmente superior a la existencia de la autoridad, un estado superior cooperativo del que es capaz el ser humano. Las formas de autoridad sobre las mujeres expresan hoy, bajo el capitalismo, el afán netamente conservador y autoritario (patriarcal) de este régimen de producción.

Las sociedades de casta y de clase conocen su máxima expresión bajo la creación de órganos de jefatura que, al irse complicando, se convertirán en estados. El estado pre-capitalista de la antigüedad era un órgano que evitaba la dispersión del trabajo colectivo y aseguraba jerárquicamente la sumisión de los poderes patriarcales, locales y de casta bajo un cetro o cabeza (individual o colegiada). El estado no fue un poder ex novo, resultado de una mítica lucha prehistórica de clases, lucha que nunca existió al modo en que la conocimos bajo el régimen capitalista. El estado fue producto del derrocamiento y subordinación de pequeños poderes familiares, tribales, locales, bajo poderes superiores que pudieron asentarse sobre el dominio ya conquistado a los precedentes. Así, en el interior de la familia antigua el patriarcado fue condición y efecto, al mismo tiempo, del derrocamiento del elemento femenino, derrocamiento que casi al mismo tiempo lo fue del patriarca, que bien pronto se convirtió en "funcionario" de una comunidad política más amplia, si bien local. A su vez, en un grado más elevado, el derrocamiento del caudillo de patriarcas de una comunidad local fue la pérdida definitiva de la autonomía de la comunidad campesina primitiva y su subordinación a una comunidad política centralizada de corte estatal. En los tres grados o pasos sucesivos, familia patriarcal, caudillaje local y estado centralizado, el motor mediante el cual se garantizó el control, el sometimiento y la dominación, el vehículo de la autoridad fue el trabajo (productivo y reproductivo). Aún hoy lo es, y el trabajo representa el paradigma de estos tres procesos que estructuran -asimétricamente- las relaciones del ser humano sobre sus semejantes y, en general, el Poder.

El control de unos seres humanos sobre otros es el proceso más neutro y general de los tres que mencionamos, englobando al sometimiento y a la dominación como casos específicos suyos. Puede haber un control simétrico y asimétrico. Dos jugadores o dos equipos deportivos pueden controlarse recíprocamente "de igual a igual", y si no fuera por los convencionalismos y formas del juego, que obligan al "desempate", su equiparación en fuerza, destreza, etc., la simetría les mantendría en un equilibrio momentáneo aunque nunca definitivo. En la historia humana es mucho más frecuente el control jerárquico, asimétrico. Una casta o clase posee en una situación de partida un poder superior sobre las otras, que les permite controlar sin quedar ella controlada. El monopolio del control está en la base del surgimiento de los caudillajes políticos en las comunidades locales (ciudades-estado, reyezuelos, sacerdocios gobernantes) y, muy pronto, de los estados centralizados en donde el poder de una casta dominante se refuerza con la dominación territorial de una unidad local sobre otras. En este momento, el del surgimiento del estado, podemos hablar ya -en su misma raíz, del sometimiento como base y raíz social de las nuevas estructuras de poder que, anclando en la misma sociedad y en sus "células", por ejemplo la familia, potencia la autoridad ya ganada previamente en ellas. El sometimiento es el poder social, no necesariamente político (aunque condición de posibilidad de éste) que brotó un día del derrocamiento de la mujer en la familia antigua y su conversión en propiedad sometida al uso y abuso patriarcal, en el mismo sentido en que se poseyeron esclavos y demás medios de producción en la economía antigua. Someter a la mujer fue someter una fuente de la naturaleza, ponerla al servicio de una cabeza dirigente y propietaria (no necesariamente en el sentido moderno y privativo del derecho moderno) de los demás medios de producción. Hacía falta, para el paso de un "comunismo primitivo" a una mayor conciencia de propiedad privada (más o menos comunal, familiar, patriarcal), privatizar a la mujer.

Ello no quiere decir, como en otra época se supuso, que en tiempos remotos hubiera existido un "comunismo de mujeres". La pérdida de libertad sexual y, en general, de elección, por parte de las hembras no tiene que ver con la idea de una ancestral promiscuidad generalizada. Simplemente, la libertad de elección de compañeros por parte de ellas, de acogerles o abandonarles, así como su autonomía productiva y reproductiva se perdió en las mujeres y ese proceso fue el que dio en llamarse advenimiento del Patriarcado. Su advenimiento, muy anterior al del Capitalismo, debió ser no obstante sinérgico con cambios productivos. En una formación social, el paso hacia una mayor apropiación privada de los bienes, y en concreto de los medios de producción, no pudo estar desligada de una apropiación cada vez más intensa de las mujeres vistas como "medios de reproducción", además de trabajadoras de la comunidad contribuyentes con su input a la creación de riqueza social. Al principio, el proceso no habría sido un sometimiento propiamente dicho, sino una gradual asimetría en perjuicio de la mujer dentro del control que las parejas, las familias, los clanes y demás comunidades primitivas establecían en el curso de su producción y reproducción. Cuando ya la producción social implicaba una gran desnivelación o "fractura" en los intercambios sociales y en los intercambios con la naturaleza, pudo ir extendiéndose el cáncer de la categoría "Mercancía" aplicada ahora a todo un universo de cosas y personas, pues más allá de los bienes necesarios para la autosuficiencia, se afianzaban los intercambios más o menos comerciales entre centros y periferias, así como los intercambios entre comunidades interiores y exteriores. La mujer, así como el bárbaro, el sometido por las armas, el endeudado, etc. , pasaron a engrosar la ficción jurídica del(a) "esclav@", de cuyas consecuencias hablamos hasta el día de hoy y que persiste bajo actualizaciones diversas (p.e. "trabajador asalariado", "sin papeles", etc.). El(la) esclav@ no ha desaparecido desde entonces. Los sistemas de dote, la "compra de la novia", las alianzas mercantiles entre familias patriarcales, etc., equiparan tanto (bajo su diversidad morfológica) la condición de la mujer con la del esclavo en general, que no vamos insistir más en este punto. Simplemente ponemos en relación un nuevo modelo de control, patriarcal, que estuvo en la base de nuevos modos de producción alejados del comunismo primitivo, de la comunidad campesina simple. El control devino sometimiento de la mujer y su conversión en mercancía y medio de (re)producción.

El término sometimiento aquí está siendo reservado para esa especie de control social (propio de la "sociedad civil") que aún no se ha elevado a la categoría de un control asimétrico auténticamente político, en el cual la hembra en su universalidad, y no ya alguna en particular, se someten y se explotan no sólo dentro de la esfera privada que, a fin de cuentas en el mundo antiguo eran la esfera de la familia, tribu o clan, e incluso la aldea local, por contraposición a un poder externo y de carácter público. Cuando el control social y la explotación de la mujer en el ámbito privado, sin dejar de existir acaba potenciándose hasta alcanzar el dominio público o estatal, hablamos pues de la dominación. Se trata aquí del control ejercido de forma pública, por la autoridad reconocida legítimamente (rey, casta dominante, sacerdotes), que regula, sanciona normativamente, penaliza, etc. , las formas de sometimiento patriarcal, elevándolas a asunto de estado. Así por ejemplo, los castigos corporales, las relaciones sexuales forzadas dentro y fuera del matrimonio o de la casa patriarcal, la restricción de movimientos y la supresión de la voluntad de la mujer dejan de ser asunto meramente privativo del poder del varón dueño del control, expresión de su condición de propietario de la cosa-hembra. Ahora pasan a ser tenidas en cuenta por el poder político de un estado que se asienta sobre el patriarca particular y el cacique local, a los que ha dominado, pero a los que necesita como socios subordinados para una dominación más profunda y previa, que era la dominación sobre la hembra. La violencia ejercida sobre su cuerpo, por medio de los golpes, la humillación gratuita y la violación, constituyen "recordatorios" directos de la jerarquía de poder que, desde la casa (oikos) pasando por la aldea (koinonía) hasta el propio estado (polis) pesa sobre ella. Hay un monarca o un poder político, público, pero con la aquiescencia de unos súbditos varones que, en su radio limitado de acción, de control, también son amos de una esclava, de un medio de (re)producción a su servicio, un animal doméstico humano pero sin voluntad, por muy pobre y anónimo que sea este macho dominante, convertido en reyezuelo de al menos una hembra sometida (privadamente, en el oikos), además de dominada (políticamente, en la polis), sobre cuya corporalidad se puede extender la violencia de su dominio, igual que el jefe estatal (rey, casta, sacerdocio) domina soberanamente territorios dentro de unas fronteras propias de su soberanía.

Sería ingenuidad imperdonable pensar que el Capitalismo posee la virtualidad efectiva, y peor aún, la "misión histórica" de terminar con el Patriarcado, en lo que contiene ésta institución de control, sometimiento y dominación del hombre sobre la mujer. El acceso de la mujer a las fábricas no deja de ser parte del proceso universal del capital tendente a explotar el trabajo humano allá donde se encuentre más barato con vistas a obtener insaciablemente la plusvalía.

Tras ese acceso de las mujeres y los niños al trabajo asalariado nunca hubo finalidades filantrópicas. El progreso no fue ese, como tal. Y un Marx victoriano, a fin de cuentas, no dejó de ver las perversiones sociales, educativas, familiares, etc., que introduciría la incorporación de las trabajadoras. Progreso no lo hubo en el hecho en sí, sino en la conquista (mucho más reciente) de la autonomía gestora de los salarios percibidos, pues en un principio las obreras explotadas debían entregar su salario al marido, al padre, al varón dominante, en definitiva. Es la autonomía frente a los sometimientos patriarcales de una mujer trabajadora, perceptora de sus propios ingresos, la que pudo ir minando poco a poco una dominación patriarcal en el mundo occidental, dominación que, por otra parte, se está revelando como muy resistente. Mientras a título particular aumenta el número de mujeres formadas para el trabajo, e independientes en cuanto a ingresos derivados de él, aumenta también su autonomía personal en todas las esferas (afectiva, reproductiva, sexual, movilidad, iniciativas intelectuales, sociales o profesionales). Esto es evidente. A título particular se reduce el sometimiento en algunos estados "avanzados". Esto acontece sin que, en el nivel promedio de una sociedad, tales conquistas de independencia no encuentren a su paso los fantasmas de modos y maneras machistas, rezagados, en la sociedad. La "memoria de la carne", esto es, las palizas, violaciones y crímenes que hacen las veces de recordatorio machista de quién debe someter a quien, alcanzan en estados como España unas cifras desconcertantes. Tales comportamientos además de machistas, criminales y terroristas, no se darían en tan alto porcentaje de no mediar el reforzamiento ("superestructural", "simbólico") de unas estructuras de dominación (políticas) mucho más resistentes de lo que podría deducirse de cualquier otra clase de mutación en la sociología de los mercados de trabajo. El papel del estado-educador o sancionador (por la vía legislativa, la red de escuelas, etc.) está siendo sustituido por otras instancias "educadoras", más efectivas pero más perversas en sus resultados. Los medios de comunicación, la ideología transmitida por la publicidad de las grandes empresas en una sociedad capitalista de consumo masivo, son ejemplos de instancias que siguen ejerciendo la violencia simbólica que refuerza la dominación sobre las mujeres, con lo que ello supone de obstáculo para emanciparse del sometimiento. Lenta y sacrificadamente aumentan las mujeres que acceden, al título particular de ciudadan@s reales, y gozan de los mismos derechos que los hombres. Pero en cuanto pesa sobre ellas una "marca anatómica" y de "género", no dejan de sufrir la violencia simbólica propia de un sistema económico-político aún basado en su dominación. Por ello, el tratamiento iconográfico que los anuncios de publicidad, películas de cine, programas de TV, se sigue realizando, es muestra cotidiana y evidente de que nuestro régimen económico, el Capitalismo, está basado esencialmente en la colonización de todos y cada uno de los ámbitos de lo humano, lo natural y lo social. Este régimen, que todo lo convierte en mercancía, incluye a la mujer como una suerte de mercancía genérica y difunde entre las masas varoniles la idea de su (posible) apropiación mercantil. La iconografía de la mujer como objeto en venta supone una especie de generalización de la prostitución. La mujer como ente genérico, anónima y no-ciudadana, la mujer como cuerpo disponible y a la venta, coincide en la iconografía mental capitalista con una especie de puta genérica. Más allá del incremento mundial de la prostitución sensu stricto, universal, que en el mundo de hoy se ha extendido también a los hombres y a los niños en unas cifras que no cesan de aumentar, el sistema capitalista de dominación no ha hecho más que potenciar la colonización del territorio corporal femenino, su explotación intensiva como valor (valor de cambio). Como mínimo, podemos decir que ya se ha creado un inmenso sistema de reflejos condicionados que asocian mentalmente los valores de cambio corpóreos- femeninos, o la propia fémina en su integridad, con otros valores de cambio deseables por el comprador varón. El capitalismo de consumo masivo es el mayor sistema de glotonería imaginable. El ciudadano consumidor es aguijoneado constantemente para que se convierta en consumidor y hasta en derrochador, lo cual incluye ciertas formas de "canibalismo", dentro del cual todo el mercado erótico y sexual establecido en el mundo supone la conversión de millones de sujetos (millones de mujeres y niñ@s) en mercancía destructible y desperdiciable una vez consumida. Que hay una relación causal directa entre la dominación sobre la mujer, iconográfica y simbólica, de signo patriarcal y capitalista, por un lado, y el sometimiento social y familiar de ellas, con las lacras de violencia y humillación incluidas, por el otro, difícilmente será algo que podrá ser puesto en duda.

Hay elementos de sobra para que el/la marxista incluyan una denuncia constante e implacable de la dominación simbólica sobre la mujer, como zancadilla inexcusable contra el avance del sistema capitalista de conversión del ser humano en cosa, en mercancía y en bien consumible y por ende, destructible.

Asturies Llibre y Dixebrá

llibredixebra @ 11:02

Antipatriarcado y Marxismo

x Carlos X. Blanco

Al capitalismo siempre le interesó que fueran removidas aquellas relaciones sociales que obstaculizaban su avance. El feudalismo, la ligazón del hombre a la tierra, el carácter no alienable de ésta... toda institución, ley o estructura social que impidiera la obtención de plusvalías por el único medio posible, por la explotación de la fuerza de trabajo humano, debía ser borrada del mapa.
Pero aquellas otras relaciones sociales que, cambiando lo que hubiera de cambiarse, fueran a resultar neutras en el avance del capitalismo o, incluso, garantizaran un ambiente político-social estable y propicio a la clase dominadora, estas relaciones decimos, debían mantenerse a ultranza.

Póngase por caso el Patriarcado. Al igual que otras instituciones o, en general, relaciones sociales, el Patriarcado es muy anterior al Capitalismo. Sucede algo similar con la sacrosanta Propiedad Privada. Esta existe antes del capitalismo, si bien éste régimen de producción posee la capacidad de adaptar las instituciones anteriores a sus requisitos, modificando funciones o rasgos. El Patriarcado puede tener miles de años en algunas culturas, si bien en la prehistoria no fue más que un sistema excepcional y dependiente de ciertas condiciones materiales o ecológicas. En otras culturas, en cambio, sólo en fechas recientes y, por lo general por la imposición de modelos estatales o por la colonización occidental ha venido a imponerse no ya sobre matriarcados en sentido estricto, sino en general, sobre otros patrones culturales en los que la mujer gozaba de mayor respeto y protagonismo social. El Patriarcado no es, en modo alguno, una "institución" natural, eterna, un a priori. Más bien los diferentes regímenes estatales han difundido esta versión falsa de la historia que llega hasta el capitalismo moderno. Por lo que al régimen capitalista de producción -hoy de alcance mundial, salvo "islas" cada vez menos amplias- se refiere, hay que decir que éste sistema siempre se valió de la estrategia de "naturalizar" una serie determinada de relaciones sociales, cuyo origen es en todo caso cultural, aprendido de generación en generación y enteramente contingente a la historia adaptativa de una cultura a su entorno.

El mantenimiento de una explotación fundamental -no la única- como es la explotación de clase, de la clase trabajadora mundial a cargo de la burguesía parapetada tras las Sociedades Anónimas, encaja bien con el mantenimiento de una serie de relaciones de control, sometimiento y dominación del hombre sobre la mujer. El control, el sometimiento o la dominación no son tipos de relación estrictamente económica, para ella reservaremos el término explotación. Aunque por supuesto son relaciones que facilitan sobremanera la explotación de una determinada persona si esta pertenece a un sector disminuido en derechos o sometido, tanto es así que, en vez de darse una "explotación normal" acorde con los altibajos de la ley del valor en un mercado de trabajo (donde el trabajo es una mercancía más, que se oferta y se demanda), se puede hablar ciertamente de una ultraexplotación. La explotación "normal" a veces es muy dura, y extenúa las fuerzas del@ explotad@ hasta el punto de retirarle sus bienes mínimos indispensables para sobrevivir, y aún así se la toma por "normal" bajo las leyes -bien poco humanas- del mercado. Ahora bien, la "ultraexplotación" tal y como aquí se la comprende significa el aprovechamiento de una situación comprometedoramente mala de un colectivo o grupo de personas que por distintos motivos, a veces en origen extra-económicos, de entre los cuales resaltan el género y la raza, y cayendo en una imposibilidad de defenderse como verdaderos oferentes de su capacidad de trabajar, resultan además de sometid@s, explotables en grados intensivos, fuera de toda ley del valor, en una situación más y más cercana a la esclavitud o la verdadera cosificación. Estas personas más bien son tratadas como medios de producción. A ellas se las retira -bajo ciertos prejuicios culturales, religiosos, etc.- su capacidad autónoma para dejarse explotar. Más bien son mercancías de compraventa intermediadas por otros individuos. Igual que de una máquina o apero se espera su aprovechamiento y amortización hasta el desgaste definitivo, en el límite, el sometimiento de nuestros días no es simplemente un caso extremo de explotación económica. Es un caso de sometimiento cultural, antropológico, axiológico, etc., que permite la ultraexplotación económica, su máximo aprovechamiento del trabajo para sacarle un jugo -plusvalía- que irá a las arcas del capitalista.

Con ello no quiero argumentar que la lucha contra el Patriarcado, estratégicamente, deba ser del todo independiente de la lucha contra el Capital. Justamente lo contrario. En paralelo, dar pasos contra todo género de control, dominación o sometimiento de la mujer al hombre, significa -sinérgicamente- dar duros golpes al Capital, y viceversa, en lugar de avanzar al modo del feminismo burgués, hacia la conversión de la mujer en un andrógino genérico, homologable como patrona, ejecutiva u obrera, a un hombre, pero explotadora y explotada según los casos, el movimiento antiPatriarcado revolucionario debe entender que avanzar hacia el socialismo consiste en dar oportunidades a una liberación de la mujer. Pues así como el socialismo consiste en socializar los medios de producción tal y como se entienden tradicionalmente (tierras, fábricas) también hay en ese nuevo régimen una oportunidad para socializar las tareas convencionalmente tenidas por "femeninas" (casa, niños, etc.), pues son servicios y cuidados enteramente sociales. El socialismo acabaría por introducir un comunismo en instituciones como la familia, el hogar. Toda mujer en el socialismo es obrera, contribuyente productiva a la sociedad, y toda necesidad social, incluyendo las de la vida doméstica, habrán de entrar en un proceso revolucionario de socialización. La extensión de guarderías en los centros de trabajo, la aportación del varón a la crianza de los niños y a los trabajos domésticos, etc., no es más que ilustración de unos tímidos avances dentro del propio capitalismo en un proceso que, bajo el socialismo, se "revoluciona", pues el propio hogar y la propia institución familiar, sin perjuicio de que se preserve su "intimidad’, se colectivizarían radicalmente.

La clase capitalista actúa como un todo cuando en ciertos estados, como el español, es claramente reacia a la contratación de mujeres (como se ve en las estadísticas de ciertas profesiones) y al mismo tiempo a aquellas que se contratan se les paga un porcentaje sensiblemente inferior al de un varón. La astucia económica - muchas veces inconsciente, una mano invisible- es la que logra que un comportamiento prejuicioso y estúpido, un machismo patronal difícil de comprender en estos tiempos, sea al mismo tiempo altamente rentable para patronos concretos e individualizados que pueden decir: "Te contrato, a cambio de menos, pero es que además te hago un favor". La estupidez del conjunto de la clase patronal es el chollo del patrón individual. Algo semejante ocurre con la segmentación de los trabajadores en nacionales y extranjeros y, a su vez en éstos, entre legales e ilegales. El patrón cínico puede decir a su empleado: "Te estoy dando una oportunidad explotándote". Ni que decir tiene que estas segmentaciones perjudican a la clase obrera como un todo, si las consiente. En el caso del Patriarcado combinado con la explotación económica, constituye un auténtico desastre, tanto para el obrero como para la obrera. Al crear divisiones internas a una clase, al consentir una segmentación en función de criterios extraprofesionales, puramente externos, como es el caso del sexo, la clase obrera permite como un todo que haya un lastre a la baja de los salarios, comprometiendo a los estratos "normales" (según la ley del valor) de salarios en cada escala o sector profesional, "normalidad’ que usualmente llega a los varones que, sólo de forma transitoria, pueden -estúpidamente- sentirse privilegiados ante las hembras, pues la ultraexplotación femenina tira hacia abajo de su nivel de salarios.

Entiendo el feminismo revolucionario, o el antiPatriarcado, entre otras cosas, como una lucha en la que se puede lograr una unidad real de la clase obrera -nacional o universal- contra la burguesía y el Capital. También lo entiendo como un deber histórico de nuestras posibilidades como civilización. Esto es, estamos moralmente por debajo de lo que debíamos haber aprendido de la Historia. Los sometimientos, el control o la dominación de unos seres sobre otros, con o sin finalidad económica, constituyen un primado del horror y del dolor sobre la naturaleza humana. Aunque haya científicos sociales que "naturalicen" el control del hombre sobre la mujer aduciendo motivos o causas ecológicas, adaptativas, funcionales, etc., hay pocas dudas respecto al carácter socialmente construido de esa dominación. Asociado a patrones estatalistas y militaristas de civilización, el Patriarcado es compatible no obstante con otros modos de Producción. Si bien el capitalismo -en su faz progresiva- dejó ver las posibilidades de una homologación de la mujer con el hombre, en cuanto a su utilidad productiva como obrera, y posibilitó el acceso de las mujeres a las fábricas y a los jornales obtenidos en ellas, el capitalismo sólo abre las puertas a una mayor "conciencia" de lucha. El socialismo empieza cuando esa conciencia se traduce en voluntad de acción y en acción revolucionaria. La mujer de las sociedades agrarias malamente podía salir de sus cárceles domésticas, juntar voluntades y acciones colectivas, adquirir conciencia. Hoy, en la llamada "era de la información", hay sin embargo un uso y abuso de la manipulación de imágenes precisamente destinadas a perpetuar el sometimiento femenino al varón. Dándose muchas condiciones objetivas para la superación del Patriarcado, cuando menos en el "primer mundo", sin embargo se refuerzan las más rancias actitudes, clichés y valoraciones, en gran medida con el fin de no modificar las actuales condiciones de explotación. Películas, anuncios, programas de TV, o estrellas de la fama, bombardean el subconsciente colectivo asociando a la mujer y a su cuerpo con situaciones de dominio, sumisión, objetualización. La mujer en la presente sociedad de consumo, ya puede tener nombre y apellidos, profesión, dignidad, derechos, autoestima, etc., en muchos casos concretos, que por lo que hace a la sociedad de consumo en general no sigue siendo otra cosa que un "ente" puramente objetual, una máquina sexual, una fuente de placeres sensuales, un objeto de usar y tirar. La estética consumista, capitalista, que se ha fabricado en torno a la mujer "ente" es -evidentemente- la estética adecuada a la sociedad de la Mercancía. La mujer genérica, y lo que ella puede ofrecer al varón, es Mercancía. A su vez, una vez adquirida esa Mercancía (por medio del matrimonio, la prostitución, la pornografía u otras formas de ocio erotizado), se suelen reaprovechar los más viejos clichés del militarismo, el machismo o la violencia de género (el derecho de uso y abuso tan característico de la propiedad privada). Una vez comprada la Mercancía femenina, en un régimen como el capitalista que se asienta en la propiedad privada y en la Mercancía, el adquiriente "varón" se convierte en "amo y señor".

El comunismo, entre otras cosas, será la superación de todo esto.

http://carlosxblanco.blogia.com/

Archivu | ¡Crea'l to Blog yá! Fácil y de baldre